Tagua Tagua el Parque por descubrir

El Mercurio Domingo

PARQUE TAGUA TAGUA: UN SECRETO EN LA MONTAÑA
A 145 kilómetros de Puerto Varas, el Parque Tagua Tagua es uno de los grandes secretos que esconde la Patagonia. En la ribera occidental de este lago y accesible solo en lancha, abrió oficialmente hace dos años, pero hasta ahora solo un puñado de personas lo ha podido conocer: se permite el ingreso de máximo 42 visitantes por día. por Sebastián Montalva Wainer.

El letrero decía así: “Respire profundo. Usted está entrando en un lugar prístino”.
Llevábamos ocho kilómetros y casi seis horas caminando cerro arriba y el letrero, a esas alturas, parecía extraño.En todo este tiempo habíamos sido solo dos personas en la montaña, sumergidos en un bosque de alerces milenarios, coigües, tepas y mañíos. No había nadie, pero nadie más. El único ruido era el del viento, las ramas que crujían con nuestros pasos y uno que otro pajarito cantando “hued-hued”.
La pregunta, entonces, caía de cajón: ¿Por qué este era el lugar prístino y no el resto de los kiló- metros que ya habíamos recorrido, también prístinos sin duda?
Felipe Gómez, el guardaparque, respondió sin titubear: –Porque hasta aquí no ha llegado prácticamente nadie.

El Parque Tagua Tagua abrió oficialmente hace dos años, pero hasta ahora solo un puñado de personas lo conoce. Ubicado 145 kilómetros al sureste de Puerto Varas, en el valle del río Puelo –río que nace en Argentina y que, mientras va cayendo por la montaña, da forma al lago Tagua Tagua–, se trata de un parque pri- vado que nació de una concesión a 25 años del Ministerio de Bienes Nacionales a la Universidad Mayor. Esta,en conjunto con una empresa de PuertoVaras llamada Miralejos y un exclusivo lodge que está al frente, Mítico Puelo, diseñó una serie de senderos, letreros, puentes colgantes, pasarelas de madera y –hasta ahora, porque el proyecto sigue creciendo– dos pequeños refugios de montaña construidos en medio de la nada. “La nada”, en este caso, corresponde a 3.000 hectáreas de un espectacular bosque siempreverde donde, además de coigües, mañíos, ulmos y tepas, se encuentran alerces de 2.500 años, varias lagunas cor- dilleranas y cumbres donde ningún ser humano ha puesto un pie. Es decir,un auténtico secreto en la montaña, no del tipo hollywodense, como en la película, sino cien por ciento chileno.

“El plan fue crear un parque en un lugar de naturaleza intocada, donde las personas vivieran una experiencia transformadora que pudieran llevarse de vuelta a la ciudad”, dice Rodrigo Condeza, escalador, fundador de Miralejos, administrador del Mítico Puelo, diseñador del parque y una de las personas que mejor conoce esta parte de Chile: con su empresa pasó años y años trayendo foras- teros a los exuberantes y aún poco conocidos valles de Puelo –donde está Tagua Tagua– y Cochamó, también conocido como “el Yosemite chileno”.

El leit motiv del parque se puede explicar así: se supone que uno, cuando experimenta toda esta naturaleza y deja los celulares, y camina por el bosque, y aprende sobre alerces y renovales de coigües, y escucha el martilleo de los pájaros carpinteros, el croar de las ranas, y toma agua pura del río, y percibe el rocío de las cascadas en la cara, y luego llega a dos refugios de madera sin electricidad donde solo se cocina con leña muerta, y duerme en sacos y colchonetas, y lava ollas y sartenes con detergentes biodegradables,y debe llevarse la basura –toditita toda– de vuelta en una bolsa hacia la civilización, cuando uno experimenta todo eso,regresa muy cambiado.Y ese cambio, se supone, debiera transmitirse para un beneficio mayor, que es la conservación de la naturaleza.

El diseño del Parque Tagua Tagua, con sus pasarelas y refugios de madera, está inspirado en otros parques privados como Tantauco y Pumalín. De hecho, varios carpinteros que trabajaron aquí son los mismos de Tantauco. Pero a diferencia de sitios como Pumalín, cuyo diseño de senderos permite acceder solo a ciertos sectores, aquí el objetivo fue regalarle a cualquiera la posibilidad de ingresar a un lugar que se había mantenido virgen desde siempre. Claro que con control: solo pueden entrar máximo 42 personas por día. Y hasta ahora, nunca ha habido tanta gente.

El parque está en la ribera oeste del lago Tagua Tagua, la menos accesible (el camino vehicular, aunque entrecortado por ríos y lagos,corre por el lado este). Solo se llega en lancha, navegando el lagoTaguaTagua desde el sector de El Canelo (el fin del camino cuando se viene desde Puelo), o desde el lodge Mítico Puelo.Y luego hay que subir por una ladera del cerro, justo donde está la poderosa cascada del río El Salto, que se ve desde el agua. En el valle que forma este río solo hay registros de una familia de colonos, los Melipillán. Según historiadores de la zona, la matriarca María Margarita Mancilla (de Melipillán) llegó al valle donde hoy está el parque en 1953 con sus ocho hijos, y allí se dedicó al pastoreo de animales –que trajo en rudimentarias balsas, cruzando el lago; tarea épica por decir lo menos–, a desarrollar una inci- piente agricultura y, también, a la extracción de alerces. Claro que la abrupta rudeza del paisaje no les permitió adentrarse demasiado: solo se movieron en torno a unos 3 kilómetros hacia adentro del valle, y finalmente lo abandonaron en 1994, tras permanecer cuatro décadas luchando contra la Patagonia. Por eso, de ahí hacia arriba –el bosque permanece intacto.Y por eso Felipe Gómez, el guardaparque que vive prácticamente todo el año aquí, haciéndose pan amasado en la cocina a leña, decía lo que decía al comienzo de esta historia. En Tagua Tagua la soledad a veces puede, de verdad, ser absoluta.

En rigor, este viaje comenzó un día antes. Porque para llegar al lago Tagua Tagua primero hay que ir a PuertoVaras. Desde allí, por tierra, a los pueblos de Cochamó y Puelo. Luego, embarcarse en una lancha –la del Mítico Puelo, que es privada– o en las barcazas subvencionadas Caupolicán y Don Felipe, que cruzan el lago en 45 minutos hasta el sector de Punta Maldonado, donde prosigue el camino vehicular hacia la localidad de Llanada Grande. Nosotros no llegamos directo al parque sino que hicimos la del rey: pasamos primero una noche en el Mítico Puelo, que está justo al frente y que también es accesible solo por agua (o aire). Originalmente este fue un lodge de pesca llamado Río Puelo, abierto en 1991 por un empresario de Wisconsin de nombre Terry Kohler, quien encontró este lugar sobrevolando en avioneta e hizo una sorprendente instalación con tuberías para captar agua del río y generar energía eléctrica. Fue una de las primeras experiencias turísticas formales de la zona y desde un comienzo generó una serie de comentarios: ¿Qué hacía este gringo construyendo este gran refugio donde aterrizaban hidroaviones y helicópteros,y donde venían a pescar, en absoluto sigilo, celebridades como John Denver, quien dijo haber atrapado aquí la trucha más grande de su vida (hay un video enYouTube donde lo cuenta; busque: “John Denver Singing and Fishing”)?

El lodge de pesca original funcionó bien los primeros años hasta que unos accidentes (primero el hidroavión de Terry Kohler que se volcó en el lago, y luego un helicóptero que cayó en la zona cordillerana entre Puelo y
Hornopirén, sin víctimas fatales) constataron que esta operación de pesca en un lugar tan asolado por el viento era bastante complicada. Además, se habla de problemas de administración e, incluso, de que el lugar habría sido escenario de tremendas fiestas, lo que terminó creando todo un mito en torno al lodge, que finalmente cerró, y que es la razón del nombre actual: Mítico Puelo. Su dueño es el empresario Erich Villaseñor, vicerrector de la Universidad Mayor.
Pues bien. El Mítico Puelo es un cálido lodge de madera que, como todo buen lodge, tiene una estupenda chimenea. Se come muy bien –todo súper gourmet, cocinado a leña con manos locales– y, desde allí, se pueden organizar excursiones por los alrededores, tanto al Parque TaguaTagua como a diversos puntos del valle de Puelo y Cochamó, Llanada Grande, los lagos andinos y la frontera con Argentina. Aquí nosotros alcanzamos a hacer una corta caminata por la llamada playa de La Arena, en la ribera occidental del lago, otro solitario rincón donde se forman sorprendentes dunas cuando baja el nivel del agua; también admiramos el profundo verde de las montañas que lo circundan todo, y que se explica por el elevado nivel de lluvias de la zona (dos mil milímetros en promedio al año), y conocimos la viña donde se produce el vino Puelo Patagonia, que se anuncia como “el más austral de Chile”: a fines de año debieran estar preparadas las primeras 1.200 botellas de pinot noir, cepa que se cultiva desde 2010 en una ladera sobre la ribera este del lago Tagua Tagua, y que debiera comenzar a venderse precisamente en el lodge donde alguna vez se paseó John Denver.

A las 10 de la mañana del día siguiente nos subimos a la lancha Mingo II con Felipe Gómez para cruzar el Tagua Tagua desde el lodge hasta la entrada del parque. Tras unos 20 minutos, elcapitán nos dejó junto a la cascada y ahí, agarrándonos de una cuerda, subimos por las piedras hasta el inicio del sendero, muy bien indicado con un letrero. Todo en el parque, en realidad, es así: con carteles y flechitas rojas para no perderse, letreros cada 500 metros y pasarelas de madera cuando hay que cruzar un río o subir por una zona barrosa. Hay dos refugios en el parque: uno es Alerces, a 6,5 kilómetros de distancia o aproximadamente 4 horas de caminata, con un par de subidas fuertes (está a 535 metros de altura y se parte desde 20 metros); el otro es Quetrus, a 10 kilómetros o unas 6 horas de marcha, y ubicado a 710 metros de altura.Como teníamos tiempo suficiente,decidimos llegar de una vez a Quetrus, el refugio más privado del parque, pues no se comparte con otros caminantes, a diferencia del Alerces.
El pronóstico era bueno: en este día de comienzos de diciembre no llovería. Así que empezamos a subir.Con el río El Salto siempre a nuestra izquierda, nos internamos en el bosque. El lago quedó pronto detrás y avanzamos en silencio entre un verde profundo. Pasamos la cascada de Las Viejas –llamada así porque, en el pasado, habría sido algo así como la ducha de las mujeres de la familia Melipillán–, además de varios puentes y los restos de la casa de los Melipillán. Finalmente llegamos al refugio Alerces, pero fue solo para comer algo.
El lugar claramente es para quedarse: ubicado frente a una laguna con un espectacular bos- que de alerces sumergidos, tiene una cocina a leña, una mesa, un par de bancas, lavaplatos, baño exterior y espacios en dos niveles para poner los sacos. Si vio La Quimera del Oro, ese clásico de Chaplin donde los desesperados protagonistas se comían los cordones de los zapatos como si fuesen tallarines, pues bien: el refugio es así de cinematográfico, claro que con olor a nuevo y
sin hambrientos. Tras el almuerzo, continuamos un poco más arriba. Tras unos minutos, tomamos un desvío hacia La Flaca, otra gran cascada. Y un poco más, hacia el Salto Grande,una espectacular caída de agua sobre unas rocas que parecen haber sido limadas a mano.De allí en adelante comenzó a aparecer una serie de escaleras de madera que uno agradecía porque, con la humedad y el barro, el resbalón venía seguro. El bosque ahora estaba formado en su mayoría por alerces de troncos enormes que solo podrían rodear tres o cuatro personas juntas. Y al final del sendero nos esperaba Quetrus, el segundo refugio del parque, construido tam- bién frente a una laguna y casi totalmente con alerces. Aquí vale el dato: el parque solo ha utilizado madera caída para sus construcciones y en este sector lo que más había eran restos de estos preciados árboles.

En el camino solo habíamos escuchado el ruido del viento, las cascadas, los pájaros, las ramas crujiendo,nuestros pasos y,claro, nuestras voces.Y fue a la altura del kilómetro 8, cuando ya ve- níamos bastante agotados, que vimos el curioso letrero:“Respire profundo. Usted está entrando en un lugar prístino”. La pregunta, entonces, caía de cajón.Y la respuesta fue inmediata: a este lugar no había llegado prácticamente nadie. Nosotros lo estábamos profanando.