Encuentro con nuestras raíces

TAGUA TAGUA
Un encuentro con nuestras raíces.

por Bruno Monteferri

¨Andábamos sin buscarnos pero andábamos para encontrarnos¨ – le dijo Horacio a La Maga, en ese mandala llamado Rayuela. Así podría también resumirse nuestra historia con el Parque Tagua Tagua, uno de los secretos mejor guardados de la Patagonia chilena.”

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Lahuén en lengua mapuche significa anciano. Lahuén también es usado por los mapuches para referirse a los alerces, sus abuelos. Rodeados de estos árboles de otra época, seres que han vivido más de dos mil años, a uno lo invade una sensación de profundo respeto. Como cuando uno está frente a algo que nos trasciende. Estábamos en el corazón del Parque Tagua Tagua, en el valle de Puelo, uno de los secretos mejor guardados de la Patagonia chilena.

Después de pasar una noche en el Hotel Mítico, un bote nos llevó al pie de una catarata. Allí tuvimos que saltar a una roca y empezar la caminata que nos llevaría a recorrer un bosque lleno de musgos y quebradas, un recorrido por paisajes que parecen sacados de un cuento de hadas. Tagua Tagua es un tributo al agua. Aquí corre limpia y cristalina, formando nuevos caminos a su antojo, redefiniendo a su paso, la geografía. Sentado sobre uno de los tantos puentes que han sido construidos para pasar sobre los riachuelos, uno mira el agua y se pregunta cómo tantas culturas alrededor del mundo pueden haber convertido esos cuerpos de agua sagrados de los que dependemos para sobrevivir, en desagües y basureros. Sentí que los alerces me miraban, con la forma sabia en que un abuelo reprocha a un niño.

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Tagua Tagua se ha abierto al público hace tan solo un año y medio, y cada día se descubren nuevas rutas. Unos meses atrás se encontró una catarata y aun hay cumbres a las que nadie ha llegado. Es como un parque de diversiones con once kilómetros de trochas, miradores, dos refugios y naturaleza prístina a la espera de quienes vengan en búsqueda de paz y un poco de aventura. Como es un sitio que ha sido consesionado por el gobierno chileno a la Universidad Mayor para que lo conserve, también se reciben voluntarios e investigadores que ayuden a generar más información sobre las especies que han hallado un refugio en este lugar.

Nosotros conocimos Tagua Tagua en pleno invierno. Después de caminar por cinco horas llegamos al primer refugio. Felipe y Sol, dos jóvenes guardaparques que cuidan de esta área nos esperaban con mate y el fuego encendido. Intercambiamos pocas palabras y un buen rato de silencio, hasta que nos sentimos en la misma frecuencia. Nuestros ojos se quedaron contemplando la laguna sobre la que está construido este refugio. Desde el fondo del agua emergen los troncos inertes de alerces milenarios, secos a causa de los estragos del tiempo y la misma naturaleza. Reflejados en el agua, parecen cobrar vida al cambiar de forma y color según la intensidad de la luz, del viento y el paso de las estaciones.

El día siguiente caminaríamos hacia un nuevo destino. Salvo Felipe y Sol, no habían más personas en todo el parque y eso se sentía. Después de unos panqueques con chocolate que quedan para el recuerdo, cargamos las mochilas de leña y nos fuimos en búsqueda del segundo refugio ubicado al borde del lago Qetros. Bosques de alerces, quebradas, cataratas, miradores naturales y campos de nieve, fueron parte del recorrido. Cuando llegamos al refugio supimos que no había otro lugar en el que queríamos estar en ese momento. El lago Qetros estaba congelado y las montañas nevadas crujieron, como dándonos la bienvenida. Unas horas más tarde un puma también nos haría saber que estaba presente, dejando sus huellas cerca de nuestros pasos sobre la nieve.

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Al caer la noche, nos quedamos hablando un buen rato sobre el futuro. Unos días antes habíamos estado en Pucón ayudando a un grupo de mamás y papás que estaban construyendo una escuela para sus hijos, con materiales y técnicas de bioconstrucción. Era gente que había decidido salir de la ciudad para vivir más en comunidad y más cerca de la naturaleza, y que estaban comprometidos a involucrarse directamente en la educación de sus hijos. Algunos de ellos se habían capacitado en el modelo de enseñanza Waldorf y habían abierto una escuela que cada año recibe a más niños. Las aulas tenían que ser ampliadas, la comunidad seguía creciendo.

Fueron días de paz y asombro, que nos hicieron ver las cosas con más perspectiva. Un viaje que nos cargó de esperanza por ver gente que había tomado las riendas sobre sus días, inspirando lucidez, claridad y convicción sobre cómo vivir la vida. Gente cuyo legado es construir valores, compartir y tratar con respeto al planeta. Días más tarde, regresábamos a Lima, una de las ciudades con más altos índices de contaminación de aire y sonora. Las aguas de nuestros ríos lejos de ser cristalinas, contaminan nuestras costas y el mar. Pensamos en nuevos rumbos, en descentralizar, en construir comunidad. Pensamos en alerces, huarangos, lupunas, renacos, apus. todos ellos guardianes de otros tiempos, maestros que nos enseñan que no hay mejor propósito que simplemente ser y dejar las cosas a nuestro paso mejor de lo que las encontramos. El resto es mera distracción.

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